[Relato corto] Reflejo oscuro

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Nathanos Marris cerró los ojos y aspiró hondo por una nariz que se había roto más veces de las que recordaba. En el aire inmóvil y húmedo flotaba aún un ligero olor a otoño, mezclado con el aroma de las flores silvestres que brotaban entre los adoquines del sendero. Era un buen olor; familiar, terroso… Y estaba decidido a no renunciar a él.

Las botas de la general forestal no hicieron el menor ruido al acercarse. Como siempre, Sylvanas Brisaveloz despedía la fragancia de las rosaledas de su ciudad de elfos nobles. Nathanos habría reconocido el aroma en cualquier parte.

El humano permaneció un rato en silencio, disfrutando de su mera compañía. Los únicos sonidos eran los de los pájaros que celebraban con su canto la puesta de sol y el suave balido de las ovejas que pastaban al otro lado de la cerca que había construido con su padre cuando era solo un niño.

Abrió los ojos. Desde lo alto de la pequeña loma se divisaba la totalidad de la hacienda de Marris. La casa en la que había pasado la mayor parte de su vida. Los cobertizos que había que reforzar antes del invierno. El trigo que pronto estaría listo para la recogida.

Su hogar.

A Nathanos le encantaba aquella vista. Se sentía orgulloso de ella. Puede que por eso dejase que el momento se prolongase un poco más, antes de arruinarlo con sus palabras.

—No deberías estar aquí —rezongó.

—Bonita manera de hablarle a tu comandante —respondió Sylvanas mientras se volvía hacia él. A pesar del desconcierto de sus labios, había en sus ojos un brillo acerado que exudaba autoridad. Al lado de su ropa de cuero teñido de azul y el vistoso arco que llevaba a la espalda, Nathanos, con su tosca indumentaria de trabajo y la barba descuidada, parecía un bufón.

Nathanos sacudió la cabeza.

—Sabes perfectamente lo que quiero decir, Sylvanas. Ha habido quejas entre los Errantes desde que me ascendiste a señor forestal. Tus visitas a este lugar no han pasado inadvertidas y los tan nobles señores forestales cotillean como lavanderas en un arroyo.

Sylvanas se bajó la capucha azul para soltarse la larga melena trigueña.

—No sabía que te importase tanto lo que pensaran los demás de ti.

Las palabras de la elfa noble transpiraban una fingida simpatía que puso a prueba la determinación de Nathanos.

Apretó las mandíbulas con frustración. Le molestaba que Sylvanas se hubiera acostumbrado tanto a su malhumor que no le diese la menor importancia.

—Que digan lo que quieran de mí esos chismosos. Pero tú eres su líder y no puedes permitirte el lujo de perder su respeto.

Sylvanas le apartó de la cara unas hebras de cabello cobrizo.

—Como general forestal, tengo el deber de recibir los informes de mis exploradores sobre el terreno. Y, dado que prefieres recluirte en la espesura de Lordaeron a servir en Quel’Thalas, no me queda más remedio que visitarte de vez en cuando.

Nathanos se encogió de hombros.

—Es mejor que me mantenga alejado. No tengo paciencia para las intrigas de vuestra ciudad. Aquí puedo pensar… Respirar. Placeres sencillos que me resultan imposibles a la sombra de esas torres antiguas.

—Lor’themar dice que te ocultas aquí porque te intimidan los elfos arqueros —dijo ella enarcando una ceja.

—¡Lor’themar Theron es un necio! Tiene más dotes de político que de forestal. Disparo tan bien como él y puedo demostrárselo cualquier día.

Nathanos se mordió la lengua para no decir más. Sabía que su irritación la divertía y no quería darle esa satisfacción.

—Es un alivio saber que la razón de tu aislamiento es esa. Temía que te hubieras cansado de mi compañía.

El sol poniente iluminaba la simetría perfecta de sus rasgos y sus ojos azul claro centelleaban con la dorada luz. El efecto era tan perfecto que Nathanos se dijo que debía ser un hechizo que utilizaba la elfa cuando quería llevar las riendas de una conversación o distraer a un rival.

Y funcionaba, claro. Antes de que se diera cuenta, había empezado a alimentar la vanidad de la forestal.

—No es que no te quiera aquí, Sylvanas. Pero tu gente necesita a su general forestal. Sobre todo, en estos tiempos tenebrosos.

La elfa frunció el ceño.

—Te concederé tu deseo dentro de poco. Voy a ir a ver a mi hermana Alleria. Cree que los orcos han puesto los ojos en Quel’Thalas y planean atacar nuestro hogar. Y, si tiene razón, puede que tengas que acudir en defensa de Lunargenta, te guste o no.

Nathanos la cogió del brazo y la atrajo hacia sí.

—Sylvanas, sabes que cumpliré con mi deber y…

Antes de que pudiera terminar la frase, llegaron unos gritos desde el otro lado del campo:

—¡Nathanos! —exclamó un muchacho que corría hacia ellos agitando los brazos entre las sobresaltadas ovejas.

Al acercarse a los forestales y reparar en la presencia de la elfa noble, se quedó boquiabierto. Estuvo a punto de caerse al trepar sobre la cerca de madera y se detuvo a un paso de Sylvanas.

—General forestal Sylvanas Brisaveloz —dijo Nathanos—. Te presento a mi primo, Stephon Marris. Solo tiene nueve años, pero, como podéis ver, su falta de modales es ya comparable a la mía.

Stephon se puso colorado. Nathanos arrugó el gesto para contener una sonrisa. Le tenía mucho cariño al muchacho, entre otras cosas por lo mucho que se le parecía. Stephon le recordaba constantemente lo que significaba vivir en un mundo donde todo era maravilloso y nuevo.

—Tonterías, Nathanos —dijo Sylvanas, mientras se arrodillaba para colocarse a la altura del niño y le obsequiaba una cálida sonrisa—. Estoy convencida de que llegará a ser bastante civilizado, a pesar de tu influencia.

—¿Eres…? ¿Eres una forestal? ¿Como mi primo? —balbuceó Stephon con los ojos muy abiertos.

—No, muchacho. Sylvanas es mucho más. Dirige a todos los forestales en estos pagos —dijo Nathanos.

Stephon los miró a ambos de hito en hito, mientras su joven mente intentaba encontrar algo que decir.

La elfa noble se inclinó hacia el muchacho y le susurró, como si estuviera confiándole un secreto:

—¿Quieres ser forestal de mayor?

El primo de Nathanos sacudió la cabeza con todo el vigor de la juventud.

—¡Quiero ser un caballero de brillante armadura, con una espada enorme y un castillo propio! No quiero vivir en el bosque ni disparar flechas desde los árboles. —Puso cara de pánico—. Y no es que los forestales no sean… Esto… ¡Lo que quiero decir es que sería un placer trabajar para ti, general!

Una risilla escapó entre los labios de Sylvanas, suave y melódica. Nathanos suspiró con los dientes apretados.

—Se hace tarde, Stephon. Es mejor que vuelvas a casa y dejes de molestar a mi comandante.

Antes de que el niño echara a correr, Sylvanas estiró el brazo con felina elegancia y le cogió la mano. —Quédate esto —dijo mientras le ponía una moneda de oro en la palma—, hasta que tu tío decida que ya tienes edad para comprarte tu primera espada.

Stephon esbozó una sonrisa tan radiante que habría podido iluminar los campos en medio del crepúsculo.

—¡Gracias! ¡Gracias! —Se incorporó de un salto, trepó sobre la cerca y se alejó corriendo por el prado mientras las ovejas, balando, se desperdigaban en todas direcciones—. ¡Voy a tener mi propia espada! —gritó, sin dirigirse a nadie en concreto.

—Vaya, muchas gracias —refunfuñó Nathanos mientras se mesaba la barba—. Ahora no dejará de hablar de esa moneda en la vida.

Se incorporó y siguió a Stephon con la mirada hasta que desapareció detrás de la loma.

—Solo necesita alguien que crea en él —respondió ella—. Como todos, de vez en cuando.

La nostalgia de su voz hizo que Nathanos se preguntara cómo habría sido de joven.

Guardaron silencio un rato, mientras desaparecían los últimos rayos de sol. El zumbido de los insectos reemplazó al canto de los pájaros antes de que intercambiaran otra palabra.

—¿Cuándo te marchas? —preguntó él finalmente.

Sylvanas esbozó una sonrisa fugaz.

—Mañana, creo. Ya es tarde, y le debes a tu general forestal una buena cena… y el placer de tu compañía.

Echó a andar hacia la casa. Al pasar, le rozó el dorso de la mano con las yemas de los dedos.

Nathanos pensó un momento en la incesante política de Lunargenta, la sonrisa despectiva de Lor’themar Theron y la sombra cada vez más amenazante de la Horda. Una parte de él anhelaba una vida más sencilla, dedicada a trabajar la tierra, como su padre y el padre de su padre antes de él. Podía abandonar las filas de los Errantes y vivir el resto de sus días allí, en la hacienda. En casa. Pero para eso habría tenido que sacrificar algo que le era mucho más preciado que su posición como señor de los forestales.

Mientras sus pies echaban a andar por el viejo sendero, hacia la casa y el calor de la chimenea que lo esperaba dentro, se dio cuenta de que la decisión ya estaba tomada. A la mierda la política. A la mierda el mundo. Le había hecho una promesa a Sylvanas y nada lo apartaría de su lado.

* * *

—¿Por qué vacilas, campeón mío?
La estridente impaciencia que traslucía la voz de Sylvanas arrancó a Nathanos del sedoso abrazo de los recuerdos. No acostumbraba a recrearse en el pasado. Aquella vida pertenecía a otro hombre, un hombre que había muerto hacía mucho. Todo cuanto lo definiera antaño como ser humano —su casa, su familia o sus obligaciones— eran cosas distantes e insignificantes, sin valor ni sentido alguno para el ser en el que se había convertido. Era el Clamañublo. Era un Renegado. Y ya no servía a la general forestal de los elfos nobles.

Servía a la reina alma en pena.

—No termino de entender qué sentido tiene.

Durante un instante fugaz, lo sorprendió el ronco chirrido del eco de sus palabras contra las paredes de piedra oscura de los aposentos reales. Casi había esperado que brotara una voz humana de entre sus labios. ¡Necio sentimental!

—El ritual te hará más fuerte —respondió ella. Sus ojos rojos centellearon mientras caminaba por el estrado que ocupaba el centro de la inmensa cámara circular—. Y, con las incursiones de la Legión en tierras de la Horda, necesito que mi campeón sea fuerte.

Nathanos apartó la mirada de Sylvanas para posarla en la estoica Val’kyr que flotaba tras ella. Las alas desplegadas del espectro ocupaban casi los veinte pasos que separaban dos de las gigantescas columnas que rodeaban la plataforma. De todo Entrañas, desde donde su reina gobernaba rodeada de fantasmas y demonios tenebrosos, la presencia de las Val’kyr, con el semblante perpetuamente oculto tras aquellos pesados yelmos, era lo que más lo perturbaba. Había oído decir que las imponentes guerreras vrykuls habían sido en su día las custodias de los muertos, encargadas de conducir hasta su honorable descanso a las almas dignas. Pero aquella, como todas sus hermanas, había sido subyugada por el Rey Exánime y había recibido la orden de formar un ejército para el mismo monstruo que le había quitado la vida a Sylvanas Brisaveloz y le había impuesto la condena de la no-muerte.

Pensó en ello un instante, receloso. ¿Había acertado la reina al poner tales criaturas a su servicio tras la derrota del Rey Exánime? Se reprendió rápidamente y expulsó toda duda de su mente. Las Val’kyr habían demostrado su valía reclutando nuevos Renegados para la causa de Sylvanas. La Dama Oscura sabía mejor que él lo que les convenía. Como siempre.

Sin embargo, fue incapaz de resistirse a la tentación de provocarla un poco.

—Si crees que no soy lo bastante fuerte, quizá deberías nombrar a otro campeón.

Una llamarada de color carmesí prendió en los ojos de Sylvanas.

—¿Por qué tienes que ser tan difícil?
En su voz repicó una leve insinuación de la potencia que podía cobrar el lamento de un alma en pena y los tapices de las paredes se estremecieron como respuesta.

El tono de ofensa complació a Nathanos, pero se cuidó mucho de demostrarlo.

Tras un momento de muda rabia, la Dama Oscura recobró la compostura.

—El poder de las Val’kyr preservará mi cuerpo durante eones. Tu cuerpo humano, como el del resto de mis Renegados, no disfrutará de la misma longevidad. Quiero prevenir su descomposición y ahorrarte el dolor que yo padecí cuando…

Nathanos hizo un rápido gesto de asentimiento y la frase quedó sin terminar. Solo a él le había confiado el relato del día posterior a la caída del Rey Exánime, cuando, una vez cumplido su propósito en el mundo, intentó reclamar el eterno descanso que durante tanto tiempo se le había negado. Pero, al precipitarse sobre las heladas rocas que había bajo la Ciudadela de la Corona de Hielo, lo único que encontró allí fue la incansable voracidad del vacío. Aunque nunca lo reconocería con palabras, Nathanos la conocía lo bastante bien como para saber cuándo un miedo genuino se le aferraba al corazón.

Aquel día la había salvado su pacto con las Val’kyr, un hecho por el que él sentía una gratitud egoísta. Y, sin embargo, si su reina se hubiera perdido, él no habría tenido ninguna razón para prolongar aquella parodia de vida. Si se hubiera condenado a una eternidad de tormento en la oscuridad, habría podido poner fin a su propia existencia para soportar la condena a su lado.

—Quizá —dijo él— sería mejor que me dejaras ir.

El fuego se desvaneció de los ojos de la reina. Por un instante, Nathanos creyó entrever un destello de la misma luz azulada que brillara antaño en ellos. Pero, un momento después, volvieron a ser fríos y exigentes.

—Dos veces te he convocado a mi servicio, Nathanos Clamañublo. ¡No quedarás libre de él hasta que así lo decida!

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